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Siete odiosos pecados capitales en la cama / Sexo con Esther

Antes que nada diré que soy respetuosa de las creencias espirituales de los demás. Pero esto no me impide compartir las mías, y déjenme aclararles, sin ánimo de incurrir en sacrilegios, que muchas de ellas tienen que ver con el sexo.

Incluso en el sentido más amplio e imaginativo del término, para mí no existen pecados en el sexo...

En la cama, en cambio, sí que los hay. Algunos de ellos podrían elevarse a la categoría de 'capitales' e incurrir en ellos bien merecería la condena al fuego eterno.

Usar al otro: aunque hay placeres solitarios, el sexo se hizo para disfrutarse a plenitud en compañía; esto implica voluntad, gusto y aceptación mutuos y ganas compartidas. Aquello de forzar o utilizar a otros con el propósito de lograr la propia satisfacción, y la de nadie más, es egoísta en grado sumo, un sinónimo de estupidez y de vacuidad sin fin. ¡Hay que proscribir esta práctica!

La tacañería: sin llegar al mismo extremo, es primo hermano del anterior. Es propio de quienes se saltan la seducción, los preámbulos en la cama y van a lo que van... Solo conocen una ruta, la más corta y directa, al departamento inferior del cuerpo.

Se olvidan de que el cerebro, los oídos y las orejas, la piel en toda su extensión, los pies, el cuello y hasta una peca estratégicamente ubicada, también entran en el juego. Son excitantes naturales. No aprovechar estos recursos es pecado.

Quedarse dormido: al cadalso deberían ir los hombres 'Uno A' (uno y a dormir). No hay nada más frustrante y ofensivo que se fundan inmediatamente después de terminar un polvo. ¡Dan ganas de levantarse y dejarlos ahí, roncando, a sus anchas! Imperdonable.

La falta de iniciativa: la rutina es una especie de enfermedad maligna bajo las sábanas; su causa principal es la falta de inventiva, de iniciativa y de autoconfianza para expresar abiertamente lo que uno quiere. En eso caen ellos y ellas por igual, así que la forma de mantenerla a raya es una tarea de dos.

La ignorancia: aunque cueste creerlo existen hombres y mujeres que en medio de aquello tocan, presionan, masajean, exprimen y hasta maltratan aquí y allá, sin saber. Nadie dice que antes de meterse a la cama la gente tenga que matricularse en una maestría, pero sí puede preocuparse un poco por conocer el funcionamiento mínimo de su cuerpo y el del otro. Saber dónde están las cosas, para qué sirven y cómo reaccionan, es una buena manera de empezar.

La falta de modales: la cama tiene su glamour, y pese a que allí todo se vale, sí están proscritas la patanería, la falta de tacto y esa actitud de algunos y de algunas, que pretenden dar a entender al otro que con un polvo le están haciendo un favor.

Finalmente, pensar que el único objetivo de un polvo en la vida es el placer, en lugar de hacerlo porque median el enamoramiento y los sentimientos, más que pecado es un desperdicio imperdonable.

Insisto: el sexo no es pecado, pero sí hay que practicarlo sin pecados. Hasta luego.

Fuente: Esther Balac Para EL TIEMPO www.eltiempo.com)