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Los seis hijos del donante 66

Es uno de los padres más buscados del mundo. Ronda los 55 años, rubio, padece de vértigo, adora el esquí… Sus seis hijos saben poco más de él, del anónimo donante de esperma nº 66. 

Por Regis Le Sommier

Ellos lograron conocerse gracias a la web creada por una madre que quería saber si su hijo tenía hermanos. La ley estadounidense les impide conocer a su progenitor.

La misma nariz trompetera y los mismos ojos sonrientes. No hay duda alguna de que los seis chicos y chicas de la derecha se parecen. Erin, McKenzie, Rebecca, Justin, Tyler y Bree nacieron, tras una inseminación artificial, de diferentes madres. De la identidad de su padre biológico, protegida por la ley americana, sólo saben un número: 66. Juntos, los hijos del «donante 66» se van de vacaciones y organizan fiestas familiares. La página web de Internet que los reunió ya ha permitido el reencuentro de más de 1.600 hermanos y hermanas. Estas recompuestas fratrías biológicas pueden contar incluso con un centenar de miembros, un dato a la vez inquietante y divertido. Los hijos nacidos de un mismo donante viven a menudo en la misma región. Un encuentro casual o un flechazo seguido de una relación sexual podrían tener consecuencias desastrosas. De ahí que lo mejor sea buscarse y encontrarse para conseguir lo mejor..., y evitar lo peor. Los seis hijos saben de él que tiene unos 55 años, que es rubio de ojos azules, que tiene vértigo y que adora el esquí. Hace tiempo que Ryan Kramer quiere saber. «Nací por inseminación de un donante anónimo y sigo sin saber quién es», dice. Wendy, su madre, nunca sintió esa misma curiosidad por conocer a ese padre biológico. Cuando tuvo a Ryan, su marido y ella habían agotado todos los tratamientos para tener un hijo. Y por último recurrieron a un donante de esperma. Pero un año después del nacimiento de Ryan, la pareja se separó. El niño fue criado, pues, sin un hombre en su entorno familiar más próximo. Y eso hizo aumentar su curiosidad por sus orígenes. Y Wendy no pudo seguir ocultándole el secreto de su nacimiento. Cuando se le pregunta a esta madre qué hay en Ryan que no sea de ella, responde: «El cerebro». Su hijo es un prodigio en matemáticas y fue admitido a los 15 años en el segundo año de la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Colorado. «Eso sólo puede venir de su padre. No pude hacer un genio yo solita», asegura. Ante las preguntas de Ryan, Wendy contacta con el Cryobank de California, el mayor de los bancos de esperma de Estados Unidos, pero se topa con el anonimato que protege a los donantes y los exime de cualquier obligación paterna, financiera o legal hacia su progenitura. Afortunadamente, porque los donantes son a menudo estudiantes veinteañeros que tratan de ganar fácilmente un poco de dinero y que no tienen ni la más mínima idea de lo que representa la paternidad. Donar esperma puede reportar entre 600 y 900 dólares al mes, pero la selección es estricta y el cuestionario a rellenar, exhaustivo. De ahí que el anonimato, casi inviolable hace unos años, sea cada vez más difícil de preservar. Recientemente, un adolescente entregó una muestra de su saliva para hacer analizar su ADN. A continuación, él solito llegó a encontrar a su padre biológico, gracias a una base de datos de ADN, cotejando los elementos de la ficha que cada familia conserva sobre el donante. Gracias al parecido con su hijo, una madre encontró al padre biológico, consultando fotos de estudiantes de la universidad que estaba cerca del banco de esperma. Además, hoy en día la tecnología e Internet facilitan el acceso a las informaciones y eliminan las distancias. Por eso, Wendy pensó que, si no podía saber nada del padre biológico de su hijo, quizás consiguiese saber si tenía medios hermanos o medias hermanas en algún lugar. En el mes de septiembre de 2000, decide crear en Internet el D.S.R. (The Donor Sibling Registry o registro de hermanos nacidos de donantes, con la web www.donorsiblingregistry.com), una base de datos mundial en la que, al pinchar en el número de donante, se pueden encontrar a los hermanos y hermanas. Al igual que Ryan Kramer, Rebecca Baldwin –nacida con esperma de un desconocido– se sintió roída por la curiosidad a los 18 años. Rebecca y su hermana gemela, Erin, nacieron gracias a un donante anónimo y fueron criadas sin padre. Precisamente leyendo un artículo sobre Wendy y su hijo en el periódico local, Rebecca se entera de la existencia del D.S.R. «Una mañana me pidió el número de mi donante», recuerda Sharilyn Baldwin, su madre, una célibe que nunca ocultó la verdad a sus hijas. «Yo tenía apuntado ese número en el reverso de la tarjeta de visita de mi médico de entonces. Fue él quien me lo dijo, aunque no aparezca en ningún documento». Con ese número, Rebecca se precipita al ordenador y escribe «donante 66». Al recorrer la lista de los anuncios de la página web, descubre que, hace un año y medio, alguien envió un mensaje sobre el donante 66. «¡Mamá, creo que Erin y yo tenemos un hermano y una hermana!», gritó Rebecca, muy excitada. Como gotas de agua. De inmediato, envió un e-mail al autor o autora del mensaje, sin olvidarse de adjuntar una foto suya y de su hermana. A pesar de su entusiasmo inicial, Rebecca no las tenía todas consigo. Lo más probable es que la dirección electrónica ya no funcionase, porque hacía mucho tiempo que ese mensaje había sido enviado. Pero sólo dos horas después recibe una respuesta. Con dos fotos adjuntas al e-mail. Rebecca no da crédito: «¡Mira, mamá, se llaman Tyler y McKenzie! ¡Se parecen a mí cuando tenía 13 años!». Sin pérdida de tiempo, Sharilyn contacta con Tina Gibson. Las dos madres acuerdan una cita en la región de Denver, a menos de una hora de coche de las casas de ambas. Rebecca, Erin, Tyler y McKenzie se encuentran por vez primera en un restaurante. Era el domingo día 5 de diciembre de 2004. «Parecía que se hubiesen conocido desde siempre. Se aceptaron de inmediato como hermanos y hermanas con total naturalidad, desde el primer segundo», recuerda Sharilyn. Dada la sintonía entre ellos, en las siguientes semanas, Tina propone a Sharilyn que les lleve a los cuatro a esquiar. Como auténticos hermanos y hermanas, tampoco tardan en pelearse. En la fila del remonte, Rebecca quiere colarse por delante de Tyler que, furioso, le lanza: «Veo que eres tan insoportable como mi hermana». «Pero si soy tu hermana», le responde Rebecca. Entonces, los cuatro se miran en silencio un instante, antes de estallar en una sonora carcajada. Junio de 2005, siempre en Denver. Los padres de Justin Senk deciden, en el momento de su divorcio, desvelarle a su hijo el secreto de su nacimiento. También ellos visitaron la página web de Wendy y también descubrieron que su hijo era el fruto del donante 66. El anuncio produce un shock en el muchacho, que tiene 15 años. No en vano, se entera en un momento de que su padre no es su auténtico padre y de que tiene un medio hermano y tres medias hermanas. Y Justin quiere verles. «Era un hijo único, que soñaba con tener más hermanos. ¡Y de pronto éramos cinco!». De inmediato manda un correo a Rebecca Baldwin, que en ese momento se encontraba en viaje de estudios en Nueva York, junto a su hermana. «Hola, soy tu nuevo hermano, Justin», le dice. Y añade: «¿No te parece extraño conectar con alguien al que se va a conocer por el resto de la vida?». Cuando las dos chicas regresan de su viaje escolar, Sharilyn Baldwin organiza en su casa una gran parrillada, en la que se encuentran, por vez primera, los cinco hermanos y hermanas, y las tres madres. Erin concluye el encuentro diciendo: «Es formidable. Tenemos un hermano mayor, Tyler, para protegernos, aunque sólo tenga cinco meses más que los demás. Y un hermano pequeño, Justin, para darnos la lata...». Aceptación. Al igual que los demás, Justin acepta de inmediato esta nueva familia numerosa. Incluso compone una canción para el concierto de la coral de su escuela: «Esta es mi hermana de otra madre y éste es mi hermano de otra madre y ella es también mi hermana de otra madre...». Rebecca queda fascinada al ir descubriendo el carácter de todos y cada uno de sus hermanos. «Siempre me planteé preguntas sobre mi propia personalidad y me parece que aprendo mucho sobre mí al contacto con mis hermanos y hermanas. Es súper bonito tenerlos. Evidentemente, a todos nos gustaría conocer a quien hizo lo que somos». Pero a no ser que el donante 66 decida darse a conocer, el secreto sobre su identidad nunca se desvelará. Lo que saben de él es que tiene unos 55 años, que es rubio con ojos azules, que es –o era– asistente de cirujano, de una inteligencia media, que tiene vértigo y que le encanta el esquí, los coches de coleccionista y trabajar la madera. En el momento en que donó su esperma no tenía antecedentes médicos ni psicológicos, excepto una depresión tras un divorcio. Marzo de 2006, Pittsburgh, Pensilvania. Sherra Basham está tranquilamente sentada en un sofá ante la televisión, cuando ve, por casualidad, el programa 60 minutos de la cadena CBS. En la pantalla, descubre cinco rostros curiosos, de ojos azules risueños, pelo rubio, narices ligeramente en forma de trompeta y sonrisas parecidas. Rebecca, Erin, Tyler, McKenzie y Justin son cinco adolescentes, hijos de un mismo donante anónimo, que viven en la región de Denver. Sherra mira a su hija Bree, que está jugando en una esquina de la estancia. Es innegable que se parece a esos chicos. Además, Sherra Basham y su ex marido vivieron en Colorado entre 1991 y 2001. Sherra duda y, cuando al final del programa escucha el nombre del «donante 66», da un brinco. Olvida al instante el dolor de espalda que la tiene clavada al sofá desde el principio de la tarde y conecta su ordenador. Menos de cinco minutos después, tiene la confirmación. Bree es hermana de los chicos que vio en la tele. Esa noche, Sherra Basham apenas puede conciliar el sueño. Al igual que Justin, Bree ignora que su padre no es su progenitor, porque el ex marido de Sherra nunca quiso decirle la verdad. «Siempre pensó que nuestra hija iba a verlo de forma diferente», deplora. Y, aunque están separados desde 2005, Sherra duda y tarda una semana en decírselo a Bree. «Puedes hacer lo que quieras. Si quieres verles, vamos a Colorado y, si decides que no, nos quedamos aquí. Creo que es hora de que sepas todo esto. Y no temas, porque el padre que te ha criado seguirá siendo siempre tu padre. Eso no cambiará para nada», le dice. Unas semanas después, Sherra y Bree desembarcan en Denver. Hermanas a medias. Durante todo este tiempo, Ryan Kramer se desespera. Desde el mes de septiembre de 2000, fecha en la que su madre, Wendy, crea la página web, sabe que tiene dos medias hermanas. Pero los padres de éstas se niegan a revelarles que han sido concebidas gracias a un donante anónimo. Ryan conoce su nombre y su dirección, pero la ley le prohíbe ir a visitarlas. La madre de Ryan abrió la página web para que su hijo pudiese encontrar a su familia, pero, en seis años de actividad, su base de datos de Internet les sirvió sobre todo a los demás. El sitio cuenta con 7.000 miembros y más de 1.600 hermanos y hermanas se reencontraron gracias a él. «Ha habido tantas historias maravillosas… Todo suele comenzar con un mail y después vienen los viajes por el país. Es una redefinición de la familia. Es crear familias donde no las había», explica Wendy. Los títulos de los mensajes de los que visitan la página lo prueban fehacientemente: «Otro hijo para amar», «buscaba un medio hermano y encontré a dos...», «una media docena del donante F650 y continúa», «ocho chicos y tres chicas» o «en una semana encontré seis hermanos y hermanas del donante 237». En el sitio web de Wendy, algunos donantes como Jeffrey Harrison (foto superior) terminaron por desvelar su identidad, tan curiosos por conocer a los que engendraron como éstos por saber de sus progenitores. Robin Anderson y su compañera Cindy Brisco tuvieron la sorpresa de ver aparecer una tarde, en su ordenador, el rostro del padre de Wade, su hijo de 4 años. Antes, estaba identificado como el donante 48QAH. Ahora, se llama Matthew Niedner, tiene 34 años y entregó entre 150 y 200 muestras de esperma por unos 50 dólares cada una. Se estima que sin duda permitió el nacimiento de un centenar de hijos. Está casado y espera su primer bebé oficial, un niño. Wendy y Ryan siguen viviendo en Denver. Pero no pierden la esperanza de que un día, como les pasó a otros muchos, su donante aparezca en la pantalla, para explicarle a Ryan quién es. O bien para que los padres de sus medias hermanas acepten, por fin, decirles la verdad. En las páginas web www.cryobank.com y www.donorsiblingregistry.com

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