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El hombre que no se ganó el Baloto

Con 74.000 millones de pesos de por medio todo se vuelve difuso, todo se vuelve leyenda. Dicen que el pasado jueves por la ma√Īana una ni√Īa de no m√°s de diez a√Īos sali√≥ por las calles de El Paso, Cesar, gritando que su t√≠o se hab√≠a ganado "un poco de plata". Dicen que la mam√° la oy√≥ y la rega√Ī√≥, que la cogi√≥ del brazo y la mand√≥ a entrar a la casa.

 

Los medios de comunicación de todo el país, más capacitados para dar noticias, informaban desde la noche anterior que el premio más grande en la historia de las loterías en Colombia había caído en el mencionado municipio, más exactamente en La Loma, uno de sus corregimientos, a 20 kilómetros de allí.

Fue en las calles de El Paso donde me dijeron que tendr√≠a que ir hasta all√° y que un mototaxi era la mejor opci√≥n. Tres tipos que hablaban en una estaci√≥n de gasolina sobre la carretera me aconsejaron que una vez all√≠ preguntara por Jorge D√≠az, el supuesto ganador de los 74.000 millones. Todos sab√≠an de √©l aunque ninguno fuera su amigo. Me se√Īalaron que era un hombre de unos 55 a√Īos que hab√≠a trabajado hasta hace poco en la Drummond, compa√Ī√≠a norteamericana que maneja una de las minas de carb√≥n que existen en La Loma, y que lo hab√≠an echado por tomador.

Uno de los hombres afirmó incluso que apenas supo que se había ganado el Baloto, Díaz organizó una fiesta en la puerta de su casa, que los vecinos llegaron a pasearlo en hombros y que estaban en esas cuando llegó la policía para llevárselo de ahí, escoltado, por razones de seguridad. Era de esperarse, los 74.000 millones que eran ahora suyos superan el presupuesto de todo El Paso, un municipio de más de 20.000 habitantes, pobre pese a las regalías que dejan las cuatro minas de carbón que allí operan.

Con nada m√°s que rumores hice el recorrido de El Paso a La Loma. En el camino, el mototaxista que me llev√≥ volvi√≥ a echar el cuento de la ni√Īa de diez a√Īos, mientras esquivaba tractomulas en la Troncal del Caribe. La gente dice muchas cosas.

Bienvenidos a La Loma

 

No es dif√≠cil dar con algo en La Loma. Con apenas tres calles pavimentadas, 3500 habitantes permanentes y 19.000 de poblaci√≥n flotante, no hab√≠an trascurrido 5 minutos cuando ya sab√≠a d√≥nde encontrar a M√≥nica Carre√Īo, la mujer de 22 a√Īos que hab√≠a vendido los n√ļmeros ganadores del Baloto.

"Trabaja a media cuadra de ac√°, en la primera panader√≠a que se encuentre a mano derecha", me dijeron dos vendedoras de pasajes de Copetr√°n. La panader√≠a en cuesti√≥n se llama Trigopan y est√° en la llamada Calle Central, la avenida principal del pueblo. De varios kil√≥metros de largo, al rededor de ella se desarrolla la vida del pueblo, con almacenes tipo San Andresito que venden desde ropa hasta traperos, caf√©s internet, restaurantes, una sucursal de Bancolombia y otra del Banco de Bogot√°. En el interior de Trigopan funciona la √ļnica m√°quina de Baloto de la zona y a comprar la loter√≠a llegan hasta all√≠ habitantes de El Paso, Chiriguan√° y La Jagua de Ibirico.

Pero M√≥nica no est√°. Se fue a un caf√© internet a mandar una foto a un peri√≥dico que est√° haciendo un art√≠culo sobre ella. Me recibe Evelia, su madre, administradora de la panader√≠a. Me dice que llegu√© tarde a la fiesta. Son las 5:00 p.m. y por la Loma, un pueblo olvidado por Dios y el Gobierno, pero no por la suerte y las compa√Ī√≠as extranjeras de miner√≠a, ya pasaron los reporteros de Telecaribe, Caracol, RCN y los diarios El Heraldo y El Pil√≥n.

Desde muy temprano se celebr√≥ en Trigop√°n la obtenci√≥n del premio con m√ļsica de papayera, aunque el ganador nunca dio la cara. El nombre de Jorge D√≠az no sali√≥ al ruedo porque M√≥nica afirm√≥ no recordar de qui√©n se trataba.

Diez minutos despu√©s llega ella para contarme la historia en persona. Es bumanguesa, pero ha vivido en ciudades como Valledupar, Medell√≠n y Barranquilla. Est√° casada con Tom√°s, un joven que trabaja en la panader√≠a tambi√©n y tienen una hija, Sarith Yoeli, de tres a√Īos. Ese mi√©rcoles 24 de agosto M√≥nica trabaj√≥ desde las 7:00 a.m. y vendi√≥ 681 Balotos, una buena cifra seg√ļn ella gracias al acumulado que estaba en juego.

Sarith, delgada, trigue√Īa y de pelo enroscado, juega con una botella de pl√°stico mientras M√≥nica me confirma que no sabe qui√©n puede ser el ganador. "Mucha gente compra el d√≠a mismo del sorteo y yo trato de evacuarlos r√°pido, as√≠ que hay poca charla y mucha venta. Adem√°s, hay gente que me llama por tel√©fono para dictarme los n√ļmeros. Hay un se√Īor de Gecolsa que cada mi√©rcoles y s√°bado me compra de a diez Balotos, todos por tel√©fono porque no vive ac√°. Despu√©s pasa por la panader√≠a y me los paga". Le pido que me diga el nombre del se√Īor, pero se niega.

Le hablo entonces de Jorge D√≠az y se r√≠e. Pudo ser √©l, pero no es capaz de confirmarlo. Me dice que esa ma√Īana pas√≥ un mototaxista asegurando que √©l mismo se lo hab√≠a ganado, pero que despu√©s de almuerzo llegaron dos polic√≠as a su puesto a preguntarle d√≥nde viv√≠a D√≠az. Me confirma tambi√©n que Jorge hizo fiesta anoche, versi√≥n que coincide con la de los tres hombres en aquella gasolinera de El Paso.

En medio del hermetismo Tom√°s, el esposo de M√≥nica, se acerca y en voz baja me dice: "camine dos cuadras y voltee a la derecha, a cuadra y media va a ver una casa de dos pisos, la √ļnica de la calle. Ah√≠ le pueden dar informaci√≥n de Jorge D√≠az".

M√≥nica nos escucha y decide acompa√Īarme. A esa hora, casi las ocho de la noche, la Calle Central es un manicomio de mototaxis y bicitaxis (cobran a 1000 y 2000 pesos la carrera), pero tambi√©n de peatones y camionetas de Drummond, Prodeco y Vale, las empresas que explotan las minas de carb√≥n.

Pasamos la plaza del pueblo, donde en una mesa unos hombres se dedican al siglo, un juego donde hay que completar cien puntos en fichas para ganar; m√°s all√°, en una deteriorada cancha de microf√ļtbol, unos j√≥venes patean una pelota. En el camino M√≥nica me habla de la vida de La Loma.

Las calles son de polvo rojo, el agua llega media hora, dos veces al día, y cuando no hay toca comprarla de carrotanque. La luz se va a diario y puede volver en una hora o en un día. El pueblo se comunica por celular porque las líneas de teléfono fijo se pueden contar con los dedos de la mano. Hay una subestación de policía con apenas 13 agentes y el alcalde hace rato no da la cara por está "envainado". Nadie, empezando por Mónica, sabe dónde está; tampoco sabe cuánto dinero dejan las regalías del carbón y qué se hace con esa plata. La minería ha encarecido la vida en el corregimiento.

Un minero puede ganar entre cuatro y cinco millones de pesos mensuales, lo que ha causado que el arriendo de una casa cueste 600.000 pesos, y el de un simple cuarto, hasta 300.000. Se ha sabido de recibos de electricidad que han llegado por cinco millones de pesos.

Nos desviamos de la ruta para pasar por el puesto de salud, un precario lugar sin equipos, personal, ni condiciones de asepsia. En el camino la gente la saluda, la felicita, le pregunta por Jorge; el Baloto es el tema del d√≠a en un pueblo donde solo se habla del carb√≥n. Llegamos al puesto y cuando me dispongo a hablar con una se√Īora que ha llevado a sus hijos a urgencias, se va la luz.

Salimos a andar por el pueblo a oscuras y me deja en la puerta de la casa de Jorge Díaz. Es un acto de fe, porque en realidad no se ve nada. Le agradezco y ella vuelve a la panadería para encontrarse con su hija y su esposo.

Yo soy Jorge Díaz

 

Estoy a cinco metros de la puerta de la casa de quien puede ser el hombre m√°s rico del pueblo, pero lo √ļnico que veo es un bulto de sombras. Me acerco, pregunto si esta es la casa de Jorge D√≠az y una voz ronca me dice: "yo soy Jorge D√≠az".

A Jorge no lo encontré ni de fiesta, ni escoltado. Al contrario, estaba haciendo lo mismo que hace todos los días de su vida desde que salió de Drummond: hablar con sus amigos en la puerta de la casa.

Llega la luz a manera de coincidencia (o de se√Īal divina) y puedo verlo. Es moreno y tiene un sombrero vueltiao, una camiseta azul, un pantal√≥n beige y¬† unas botas de minero. Est√° con sus "llaves", Jos√© y Manuel, y con un hijo, Juan Carlos. Sentados en viejas sillas bajo un √°rbol que en la zona llaman Ma√≠z Tostado, conversan de lo divino y lo humano.

No tiene cara de haberse acabado de ganar 74.000 millones de pesos, pero igual se lo pregunto. "No se qu√© est√° pasando", dice. Me cuenta que este ha sido un jueves de locos. Muy temprano en la ma√Īana se encontr√≥ con un vecino que lo felicit√≥ por el premio, luego entraron llamadas de El Paso, Valledupar, Santa Marta, Bucaramanga y le cuentan que hasta sus ex compa√Īeros de Drummond celebraron cuando supieron la noticia. "A mi vecino le ha sonado el tel√©fono 15 veces a preguntar por m√≠, yo le digo que se haga el pendejo", me dice mientras se reacomoda el sombrero.

Es tajante cuando le pregunto si han ido a buscarlo policías, periodistas o alguien de Baloto: "yo ni siquiera compro el Baloto. Me gusta el juego, me gusta apostar, compro la lotería, pero el Baloto, nunca. No sé de dónde salió el rumor, usted es el primer periodista con el que hablo". Agrega que hoy no se ha paseado por La Loma por miedo a que le hagan algo.

Jorge empieza a contarme la historia de su vida cuando se vuelve a ir la luz. Hijo de un ganadero, naci√≥ en un pueblo llamado San √Āngel, en el Magdalena, hace 51 a√Īos. Lleg√≥ a La Loma hace 35, mucho antes de la fiebre minera. Se dedic√≥ a la pol√≠tica, se cas√≥ con Luz Helena y tuvieron cinco hijos, una mujer y cuatro varones. Ella, la hija, estudia en Chiriguan√°, y los cuatro hombres viven con √©l.

Trabaj√≥ con la Drummond durante seis a√Īos y sali√≥ de la compa√Ī√≠a hace casi cuatro. Era operador de tractor y la tiene demandada por 330 millones de pesos porque el sueldo que le daban era por oficios varios, inferior al que deb√≠a recibir.

Vive de arrendar cuartos en las tres casas que tiene y de 6 a.m. a 11 p.m. se la pasa sentado bajo su √°rbol de Ma√≠z Tostao con sus amigos. "hay noches en que nos reunimos ac√° hasta 25 personas a hablar", me aclara. Su esposa muri√≥ hace dos a√Īos a causa de un derrame cerebral y con el dinero que le salga de la demanda piensa construir m√°s casas para alquilar m√°s cuartos que le permitan vivir holgadamente. Alg√ļn d√≠a, dentro de cuatro a√Īos tal vez, piensa lanzarse a la alcald√≠a de El Paso.

Le pido que me deje tomarle una foto y no se opone. No puede ser Jorge el ganador del Baloto. ¬ŅQu√© persona en sus cinco sentidos estar√≠a tan calmado despu√©s de ganarse 74.000 millones de pesos? ¬ŅQu√© hombre dar√≠a el nombre y la cara, poni√©ndose de inmediato en la mira de oportunistas y delincuentes?

Mientras lo retrato pasa gente que lo saluda, y un vecino le grita desde la otra esquina: "¬ŅQue te ganaste el Baloto, George?". Responde con una onomatopeya que solo ellos entienden y que debe significar "no".

Le pregunto qué hubiera hecho si se hubiera ganado el Baloto (59.000 millones porque el 20% que descuentan por ganancia ocasional) y me responde que pavimentar toas las calles de La Loma así se quedara sin un peso. Lo dice un hombre que vive en una de las tres calles con cemento del pueblo.

Es tarde y me dice que se va a acostar, pero no lo dejo ir sin que me responda qui√©n cree que se lo gan√≥ en realidad. No est√° seguro, pero habla de un se√Īor de Gecolsa (una empresa que comercializa maquinaria pesada) que cada vez que juega el Baloto compra de a diez y hasta quince boletas. No vive en La Loma y por eso muchas veces dicta los n√ļmeros por tel√©fono.

Hago memoria y es posible que se trate del mismo hombre del que me habl√≥ M√≥nica esa tarde. Tras la respuesta de Jorge entiendo la resistencia de la joven a decirme el nombre del se√Īor. No tengo certeza alguna de que en efecto sea √©l, solo puedo asegurar que todo indica que Jorge D√≠az no fue, y que al jugoso premio le ha salido un nuevo sospechoso.

Fuente: ADOLFO ZABLEH DUR√ĀN
REDACTOR DE EL TIEMPO.COM

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